
El pasado 25 de febrero, el Proyecto Amil obsequió a Lima una noche de ensueño con la presentación gratuita del dúo norteamericano Drab Majesty, en el marco de su gira South America 2025. Una impecable
organización que transformó la noche de la ciudad en un epicentro sonoro donde la nostalgia sintética y la atmosfera onírica se fundieron, envolviendo a la audiencia en un espacio retrofuturista
En Simulacra and Simulation, Baudrillard describe un mundo donde la realidad ha sido suplantada por signos y representaciones, donde la experiencia se fragmenta en imágenes de algo que ya no existe. Es la nostalgia de lo que nunca fue, la melancolía encapsulada en ecos artificiales. En este pasaje postmoderno, los sentimientos se transmiten a través de pantallas, las memorias son reconstrucciones digitales y la identidad se desdibuja en reflejos de lo que alguna vez pudo haber sido. Esta descripción baudrillardiana fue lo que se vivió con Drab Majesty en Lima.
En efecto, cuando Drab Majesty emergió en escena en el Centro de Convenciones Teatro Leguía, no lo hicieron como simples músicos, sino como arquitectos de un espacio etéreo, un mundo paralelo donde la nostalgia ochentera se fundió con una hipnosis digital de tintes futuristas. Desde los primeros compases de “Dot in the Sky”, la audiencia fue absorbida en en ese peculiar universo donde el shoegaze se encuentra con la reverberación del post-punk y la melancolía sintética.
La voz de Deb Demure flotaba desde el fondo, como un eco distante que susurraba desde un lugar inaccesible. Las frecuencias graves dominaban la sala, creando un efecto envolvente que sostenía las guitarras cristalinas y los sintetizadores expansivos. La propuesta no buscaba un golpe directo, sino un oleaje sonoro que arrastraba lentamente a la audiencia.

Las luces y la pantalla complementaban esta inmersión. Un triángulo invertido hipnótico, seguido de unos ojos y un abanico (aparecida como frontal del compilatorio “Completely Careless”), se proyectaba en un bucle infinito, replicando el efecto de errores de cinta de VHS. Un glitch retro, un déjàvu visual que reforzaba la sensación de estar atrapado en una distorsión temporal. Las luces, lejos de buscar dramatismos innecesarios, se mantenían sosegadas, respirando al ritmo del sonido.
La audiencia se dividió entre los devotos y los neófitos. Al tratarse de un evento gratuito, el público no era enteramente homogéneo; algunos se entregaban con fervor a los impulsos bailables de «Oxytocin» y; sobretodo, con “Kissing the Ground”, mientras que otros se debatían entre la contemplación y la desconexión durante los momentos más letárgicos del set, especialmente en “Cold Souls” y “Not Just a Name”. La dualidad era palpable: aquellos que comprendían el viaje y lo recorrían con los ojos cerrados, balanceándose en la neblina sonora, y aquellos que, quizás por falta de contexto, parecían resistirse a la suspensión de la realidad que proponía Drab Majesty.
El momento final llegó con “39 by Design”, no como un clímax explosivo, sino como la culminación de un hechizo. Fue el despertar gradual de un sueño lúcido, la sensación de abrir los ojos tras haber flotado en una deriva astral esperando una nave espacial detrás de un cometa. La música se desvaneció, la pantalla dejó de parpadear, y el público quedó suspendido un instante en el aire, atrapado entre el eco de lo que acababan de experimentar y la inminente realidad de que el viaje había terminado.




Fue una noche donde el tiempo pareció curvarse, donde la memoria de una década perdida se proyectó en un futuro incierto. Drab Majesty no ofreció simplemente un concierto; ofreció un portal. Y aquellos que decidieron cruzarlo, aún resuenan con su eco.